Cuando están rompiéndose ya los huesos Y es más difícil calcular Qué es ficción, qué es lo real aparte de los maderos de la torturada Cruz Madera Marina Su madre la embelleció de minúsculas Joyas Y no como joyas ajenas Sujeta su cabello y ahora es un dibujo de un par de labios y un cigarrillo encontrado con una manifestación abierta de verdadera felicidad. Y me dice que aquí hace menos calor, la bella Elinor A mí me dejaron por acá y me obligaron a pagar por la estadía hasta mañana; eso ya lo pagó mi papá, todo este tiempo ya está comprado desde hace mucho. Tiene todo el tiempo para sujetar las correas que a veces se le sueltan Tiene tiempo pagado. Hasta el primer susto del colesterol, el milagro de sus propios ojos, que le indican que ya vencieron, prescribieron las viejas deudas de Satanás. Porque lo que era rosado ahora es rojo. Así es la bienvenida De la bella Elinor Abre y cierra las ventanas ...
Una brillante luz que compite con sus ojos la ceniza ya se ha vuelto cristal sólido ejemplo de la alquimia desparramada luego del incendio que penetra todo: la garganta del arte arde buscando aire Persiguiendo músicas de aguas lejanas Y como la mismísima atenea Otorga todos los sentidos los dedos danzan frente al asesinato de lo no creado todavía Y cuando lo químico ha sido liberado brotan desde las emociones más latentes momentos Y el instante Y su final su punto c ulminante y aún impresiona Aunque no lo bastante ni lo suficiente como hacer que se cierre la puerta que conduce a esa idea en particular.
Yo vivía. Yo vivía en mi casa con mis hermanas Marta y María y éramos todo lo felices que se puede ser. Disfrutábamos de una holgada situación económica y no nos faltaba nunca nada. Nuestros amigos y familiares siempre estaban de visita porque les apetecía venir a nuestra casa y pasar un buen rato. Y yo vivía. Por las noches, antes de la cena, decíamos nuestras oraciones con esmerada fé y Dios nos era siempre favorable. Habían casi siempre músicos en nuestra sala que ejecutaban hermosas canciones felices, porque éramos felices y respetábamos la ley y no cometíamos pecado alguno. Y yo vivía. Hasta que un día la negra muerte puso fin a mi enfermo cuerpo y también a mi vida. Sí, morí. Y me depositaron en el sepulcro entre gritos y llantos desgarradores por parte de mis familiares y amigos. Y ya no vivía. Pero mis hermanas fueron a buscar al Maestro Jesús, diciéndole: si hubieras estado aquí, mi hermano, tu querido amigo, no habría muerto. Jesús lloró. Y entonces vino y me sacó del sepulcr...
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